“La historia de un guionista que tuvo cuatro meses para evitar la muerte”
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Martes, 14 de febrero de 2006
Una chica alta, de dedos flacos y ojos asueñados, me ve parado en la puerta de un ciber esperando que me abran. La chica estira el brazo y la chichara suena bien aguda. Cuando estoy a unos pasos de su mostrador arroja un saludo al viento y toma un cartón rectangular con el número 16 impreso en tinta negra. Devuelvo el saludo, por lo bajo, inaudible, y con la mirada hacia el suelo tomo el cartón ajado. Me voy.
Hago dos metros, tal vez menos, y me doy vuelta de un giro. El corazón bombea de más. Vuelvo hacia el mostrador desde donde Victoria reparte minutos de Internet:
-Disculpame… -digo casi sin voz, sudando las manos.
-Decime -responde ella, mientras le cobra a un pibe de unos 10 años.
-Podrías darme la máquina… ¿diez?
-Son dos con veinte…
Mientras el pibe de 10 años deposita una parva de monedas sobre el mostrador, me quedo estaqueado como una excalibur, como un nene al que lo retan fiero.
-La diez… como Maradona -vuelve ella, con una sonrisa a medias.
-Eh?
-Maradona, diez -y levanta los pulgares señalando su espalda.
-Ah, si claro… es que… ahí tengo un pequeño archivo de…
Antes de que termine la frase Victoria me extiende el cartón con el número diez. Le devuelvo el dieciséis. Me mira un segundo, y es suficiente para que mis pasos se dirijan, sin más, hacia la máquina solicitada.
Durante casi una hora no escribo otra cosa que pavadas. Miro por el monitor que la refleja, escribo alguna pavada. Miro por el monitor que la refleja, escribo otras tantas.
Cuando el contador indica que está por cumplirse la hora, me armo de valor y me convenzo de que es mi hora.
Allí voy, a hablarle a la chica a la que le diría que en algún lugar de Buenos Aires hay una mesa en la que se lee: “Si supieras lo que te a…”. Allí voy.
Por: Maximiliano Blumenfeld | General | Comentarios (0) | Referencias (0)