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“La historia de un guionista que tuvo cuatro meses para evitar la muerte”

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Domingo, 16 de abril de 2006

15 años

El sábado por la noche filmamos el cumpleaños de Candelaria. En un momento, mientras yo mismo empuñaba la cámara con la que registré ese “guión”, me di cuenta que jamás había asistido a un cumpleaños de 15 en calidad de invitado.
Recordé entonces, aquella fiesta a la que no fui. Yo había cumplido los 16 y mi “noviecita” de entonces, Julieta, organizaba sus 15.
Y todo por una travesura. El martes anterior al cumpleaños teníamos prueba de matemáticas (algo que hasta no muy poco era tan odiado por mí como la guerra en el mundo o las frituras en general). Para evitar aquel examen recurrí a lo mas bajo de mi persona.
La profesora, una tal Ana Simbrosky (aprovecho para disculparme) solía llegar al aula con una taza de té. Unas exageradas gotas de un vomitivo comprado ad hoc hicieron lo suyo y ese día no hubo prueba. A mis compañeros los evaluaron tres días más tarde, cuando “la Simbrosky” retomó sus tareas. Nunca supe bien quien lanzó mi nombre, pero lo cierto es que llamaron a mi madre y la “invitaron” a buscarme una nueva institución educativa.
Por supuesto, ante mis amigos y mi novia juré que tenia todo controlado, que por nada del mundo faltaría a esa fiesta tan esperada y prometedora. Recuerdo que Julieta me dijo: “Antes de fiesta tengo una sorpresa para vos”.
¡Guau, lo que soñé con esa bendita sorpresa!
Mi madre, pobre mi madre, intentó como pudo poner orden en mi desordenada vida de adolescente. Durante los siguientes 5 días hice buena letra. Recuerdo con gracia como agarraba los apuntes de la materia que fuera cuando sentía que mi madre se acercaba a mi cuarto.
El sábado, a eso de las 2 de la tarde le pedí que me dejase ir al cumpleaños de Julieta (realmente estaba enamorado de ella, pero sobre todo quería ir para que nadie sintiese que había sido castigado, que era realmente un niño).
Su respuesta fue un rotundo NO. Se lo pedí, se lo rogué, se lo supliqué. Los NO de mi madre fueron cada vez más sonoros. Llegué a jurarle que había aprendido la lección, que levantaría cada una de las 13 materias. De nada sirvió, pues ese sábado me quedé encerrado en mi habitación intentando no escuchar el maldito teléfono que sonaba una y otra vez.
Al lunes siguiente, en el colegio, mentí diciendo que mi ausencia había sido producto de un malestar que llegó incluso a hospitalizarme por unas horas. Mis amigos se burlaron, y Julieta me pidió el “divorcio”. Ese lunes dejé de ser el líder que ellos querían que yo fuese.
Este sábado, mientras filmaba a los amigos de Candelaria, me busqué entre ellos para decirle al pibe de 16 años que supe ser: Querido Maximiliano… ¡hay que ser pelotudo para perderse una fiesta de 15 por una prueba de matemáticas!

Por: Maximiliano Blumenfeld | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

He ido a cientos (tal vez un poco menos) de cumpleaños de 15. No te has perdido mucho.

San Marcos | 18-04-2006 14:13:14

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